Argentina clasificó al Mundial de Australia y Nueva Zelanda 2023 tras remontar y dar vuelta el partido contra Paraguay, en el duelo por el tercer puesto de la Copa América. Los goles fueron de Yamila Rodríguez, en dos oportunidades, y Florencia Bonsegundo, pero el sueño de todas. Un objetivo cumplido con sabor a revancha para una generación que resistió.

El festejo del plantel luego de ganarle a Paraguay.

La historia es según quien la relata, y nuestra selección femenina de fútbol sabe de relatos. De esos amargos como el primer mate a la mañana, que nadie quiere tomar, pero para que el sabor de la yerba cambie, tienen que cebar un par más. Y un par de años tuvieron que padecer para que las lágrimas del viernes por la noche, en Colombia, sean de desahogo, justicia y felicidad. Convertir la amargura en satisfacción es un relato de resistencia y perseverancia, que no siempre se da en una cancha de fútbol, sino de la línea de cal para afuera.

Toda felicidad deja alguna damnificada, y luego del paro del 2017, muchos nombres desaparecieron de todas las listas celestes y blancas. Levantar la voz por justicia, ese relato que hizo temblar bases oxidadas de quienes no lucharon ni dejaron luchar. Al año siguiente, llegó la Copa América de Chile 2018. Sin entrenamientos ni viáticos, pero llena de ilusiones, huelgas y sueños postergados. Con la valentía de reclamar lo que les correspondía: recursos básicos para representar a todo un país.

El sabor del mate fue cambiando en el amanecer del Mundial de Francia 2019, la Albiceleste bailaba en el Parque de los Príncipes después de doce años sin una Copa del Mundo. Los días en que las pantallas de la televisión abierta le contaban al país que tenían una selección femenina de fútbol que hacía historia. Su paso por tierras francesas fue simbolismo puro: resistencia, corazón y remontada.

Cuando supieron que el relato del “no son tan buenas” no coincidía con lo hecho en el campo, alzaron la voz. Y el modus operandi de las represalias en el fútbol femenino cebó el primer mate del día, pero el último para algunas. Nuevas damnificadas, borradas y ausentes que tomaron la mayor de las amarguras durante más de tres años. Pero la historia es según quién la relata, y nuestras jugadoras saben de relatos. Y el viernes, relataron ellas.

“Queremos ser escuchadas”: el reclamo durante la Copa América 2018.

Este sueño mundialista es para quienes masticaron injusticias durante años, para las que les sacaron roja directa por el simple hecho de exigir lo correspondido, y para aquellas ausentes que nunca dejaron de tener el corazón en el césped pero el cuerpo en las tribunas. Esta clasificación, rebalsada de simbolismo, es la revancha de las que creyeron que no volverían más, pero cuando volvieron, pareció como si nunca se hubieran ido. Este Mundial es para quienes quedaron en la puerta del anterior sin su nombre en la lista, y hoy lo grabaron a fuego dentro de una cancha de fútbol. Esta victoria es para entender, de una buena vez, que las protagonistas de esta historia son las jugadoras, o acaso, ¿qué historia podemos contar sin sus protagonistas? Pero no es una historia para romantizar las injusticias dentro del fútbol, sino de lo romántico que es el fútbol cuando hace justicia.

Disfrutar de esta revancha siendo visitantes hasta con el viento en contra. Históricas las que entiendan que ninguna jugadora ganó un partido sola, y que el mejor juego asociado es el amor por los colores. Victoriosas las que saben guapear a la adversidad de gambeta en gambeta con la pelota pegada al pie y mantener los sueños en una baldosa. De aguantar la bronca sin perder la marca y transformar las injusticias en una remontada. No sólo se trata de dar vuelta la historia, sino de hacerla. Y no hay historias sin resistencias. Porque hoy, nuevamente, cumple sus sueños quién resiste.